Por Juan Antonio Montes Varas
Gabriel Boric ha dejado finalmente el cargo. Ante la pregunta de si Chile termina mejor, igual o peor tras estos cuatro años, algunos podrían caer en la tentación de decir que termina «igual». Y lo dicen porque el personaje no cambió: ese look de estudiante revolucionario, esa pinta poco convincente para la alta magistratura de la nación, fue la misma desde aquel 11 de marzo de 2022 hasta su último día en La Moneda.
Sin embargo, la realidad es mucho más amarga: Chile termina mucho peor.
Nada aprendido, nada olvidado
Talleyrand, el célebre diplomático francés, acuñó una frase que le calza a Boric como un guante: «No han aprendido nada y no han olvidado nada». En estos cuatro años, Boric no aprendió absolutamente nada sobre la solemnidad del cargo ni sobre la imperiosa necesidad de representar a la nación entera y no solo a su facción. Pero, sobre todo, no olvidó nada de sus postulados ideológicos; esos que, en el fondo, son puramente marxistas y revolucionarios.
Ocupar el sillón de O’Higgins no es simplemente «estar en el cargo», como a él le gustaba decir. Es gobernar para la historia y para el bien común, algo que brilló por su ausencia.
Cuatro años de acefalía y pesadilla
Al entregar la banda presidencial, Boric se retira rodeado de un grupo de adherentes que lo siguen considerando un «compañero». Pero al otro lado estamos la gran mayoría de los chilenos, aquellos que con nuestro voto y nuestra resistencia institucional lo sacamos del mandato. Para nosotros, estos no fueron cuatro años de gobierno, fueron cuatro años de acefalía, o para ser más precisos, cuatro años de una pesadilla constante.
Gracias a Dios, Boric no «gobernó» Chile en el sentido pleno de la palabra, porque si hubiese logrado imponer toda su agenda, la catástrofe habría sido terminal. Lo que tuvimos fue una versión recreada de la Unidad Popular, vestida con los ropajes del Frente Amplio, que deja un país fracturado y debilitado.
Votos por la restauración
Hoy, mientras vemos subir al nuevo gobierno de José Antonio Kast, hacemos votos profundos para que sepa revertir este desastre. La tarea no es fácil: se trata de despertar de esta pesadilla y reconstruir los cimientos de nuestra Patria que el radicalismo pretendió demoler.
Desde Chile en la Encrucijada, celebramos el fin de este ciclo oscuro y permanecemos vigilantes. Chile ha sobrevivido a Boric, pero las secuelas de su ideología nos obligan a no bajar la guardia.