Por Juan Antonio Montes Varas
El Comité Permanente de la Conferencia Episcopal de Chile ha emitido una declaración pública llamando a los distintos sectores políticos a establecer un diálogo, alcanzar consensos y disminuir la animosidad existente en el debate actual. Tratándose de nuestros obispos, los pastores llamados por su sagrado ministerio a orientar doctrinalmente a los fieles en tiempos de confusión, este documento merece un análisis riguroso y honesto. Sin embargo, con el respeto debido a la dignidad episcopal, cabe preguntarse con realismo: ¿es posible alcanzar el diálogo al cual hacen alusión?
La crisis que afecta a Chile no es un mero problema de malentendidos superficiales, de falta de empatía o de cortesía entre caballeros de distintas bancadas políticas. El nudo del problema es ideológico y de supervivencia. Existe un sector en nuestra política, la izquierda radical, que está estrictamente inspirada por el marxismo internacional y la doctrina leninista. No es una sospecha: el propio Partido Comunista chileno acaba de ratificar públicamente su carácter marxista-leninista en sus recientes cónclaves.
¿Qué opina el marxismo sobre la democracia y la paz social? Para esta ideología, la democracia representativa, el respeto a la diversidad de opciones, las libertades individuales y la alternancia en el poder no son fines legítimos, sino meras herramientas tácticas. El comunismo concibe una sola verdad absoluta y obligatoria: el ateísmo estatal, la lucha de clases, la abolición de la propiedad privada y la demolición de toda jerarquía natural. Frente a una secta ideológica que ya fue declarada por el Papa Pío XI como “intrínsecamente perversa”, el diálogo es una imposibilidad metafísica. Conceptual y estratégicamente, ellos no están predispuestos a ningún entendimiento duradero; su esencia misma es la confrontación total hasta la aniquilación del adversario.
Por lo tanto, este bienintencionado llamado de la Conferencia Episcopal, lamentablemente, no tendrá efecto alguno en los sectores revolucionarios, quienes solo lo usarán para ganar tiempo. El verdadero peligro radica en el efecto sedante que pueda tener en las fuerzas anticomunistas. Sería una ingenuidad suicida creer que se puede parlamentar con el marxismo sobre la base de la buena voluntad. El diálogo con el comunismo es una utopía irrealizable que los católicos de bien no debemos promover, sino denunciar, oponiendo a sus errores la firmeza de nuestras convicciones.