Constitución Civil del Clero, camino sinodal e Iglesia Patriótica.

El piquete de agitadores católicos que, bajo el nombre de “Iglesia Joven”, interrumpió en 1968 la ordenación de Mons. Ismael Errázuriz como Obispo Auxiliar de Santiago de Chile, probablemente no imaginaba que estaba protagonizando un acto pionero de protesta y contestación dentro de la propia Iglesia. Aquel episodio anticipaba una nueva forma de activismo católico que, en los años siguientes, cuestionaría públicamente a la autoridad eclesiástica y las estructuras tradicionales de la Iglesia.

En esa oportunidad, los protagonistas de la interrupción sacrílega justificaron su acto de rebeldía, afirmando que los Obispos debían ser designados por los fieles, en elecciones abiertas con la participación de todos y sin la intervención de la Santa Sede.

Más de medio siglo después, su “aventura” está en boca de amplios sectores de la Iglesia, llamada “sinodal”.

En efecto, si la “sinolidad” (nunca bien definida, pero siempre entendida en el mismo sentido anti jerárquico) busca que “todos, todos, todos” caminen juntos, sin distingos ni privilegios de ningún tipo, obviamente que ella nos encamina -entre otras cosas- a que las designaciones de los cargos eclesiásticos sean fruto de elecciones abiertas y sin la intervención de la Santa Sede. Quizá en un primer momento se tolere el asentimiento Pontificio al resultado de la elección para evitar escandalizar demasiado a quienes se mantienen todavía atados a los “prejuicios” elitistas del pasado.

Sin embargo, este afán de democratizar el carácter jerárquico de la Iglesia, transformándola en una asociación de “iguales”, tuvo su primer ensayo nacional, mucho antes que los miembros de “la Iglesia Joven” interrumpieran la ordenación episcopal.

Fue en medio de la Revolución Francesa, en el año de 1971, por ocasión de la declaración de la Constitución Civil del Clero, votada por la Asamblea Nacional de entonces. Como se sabe, la referida medida de la Asamblea pretendía que, entre otras cosas, todos los cargos eclesiásticos fueran electos por católicos y no católicos (“todos, todos, todos”) y que los Obispos y dignatarios de cargos eclesiásticos quedaran ipso facto depuestos de sus mandatos, debiendo ser sustituidos por los nuevos “electos” por la mayoría de los fieles e infieles.

La medida produjo, en la Francia de entonces, una verdadera conmoción, quizá mayor aún que la detención del propio Rey Luis XVI, quien por debilidad sancionó el decreto revolucionario. Sin embargo, la gran mayoría del clero de entonces, salvo algunas pocas y vergonzosas excepciones rechazaron tal intervención democrática en el seno de una Iglesia constituida jerárquicamente por Dios mismo, “sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.

La guerra de religión que desencadenó esta usurpación de los derechos de la Iglesia y el propósito de democratizarla hace parte de la Historia de esa Nación y sobre ella mucho se ha escrito.

Pero, como el tema de la “sinodalidad” está muy presente en el debate interno de la Iglesia, y como ella parece conducir a los mismos efectos establecidos por la Constitución Civil del Clero francés, parece oportuno transcribir algunos trechos del Breve del Papa de la época, Pio VI, bajo el título de “Charitas”, dirigida al clero francés de entonces.

En su alocución, y después haber consultado al colegio cardenalicio, el Papa advertía que: «No podía ocurrir de ninguna manera que una asamblea política de personas cambiara la disciplina universal de la Iglesia, atropellara las sentencias de los Santos Padres y los decretos de los Concilios, trastornara el orden jerárquico, regulara a su arbitrio la elección de los Obispos, destruyera las sedes episcopales y, eliminando la mejor organización, introdujera en la Iglesia otra peor.»

El Breve condenatorio del Papa incluía entre las absurdas medidas establecidas por la Asamblea Constitucional una aún más contraria a la razón y a la tradición de la Iglesia:

«Pero la Asamblea Nacional Francesa, (…) Dándose perfecta cuenta de que entre los Metropolitanos y los Obispos más antiguos no encontraría a ninguno dispuesto a legitimar a los nuevos Obispos, elegidos en los distritos municipales por el voto de los laicos, de los herejes, de los infieles y de los judíos, según disponían los nuevos decretos; y consciente además de que esta absurda forma de gobierno no podía subsistir en ninguna parte, puesto que sin Obispos desaparece toda forma de Iglesia, la Asamblea decidió publicar otros decretos todavía más absurdos (…). Por estos nuevos decretos, a los que se añadió la fuerza de la autoridad real, se estableció que, si el Metropolitano o el Obispo más antiguo se negaban a consagrar a los nuevos elegidos, cualquier Obispo de otro distrito podría hacerlo. Además, para que de una sola vez y en un solo acto fueran apartados todos los Obispos íntegros y todos los Párrocos animados por la religión católica, se dispuso también que todos los Pastores, tanto del primer como del segundo orden, juraran, sin excepción alguna, observar la Constitución, tanto la ya promulgada como las normas que en adelante fueran aprobadas. Quienes se negaran a prestar dicho juramento serían incluso depuestos de su cargo y sus sedes y parroquias serían consideradas vacantes. (…) La cantidad de mártires que produjo la Constitución del Clero es, hasta ahora y para siempre, una página de gloria de la Iglesia católica en Francia, y muchos de ellos has sido elevados al trono de los altares”.  ([i])

Por en cuanto, las corrientes democráticas al interior de la Iglesia católica no han impuesto la obligación de adhesión formal, por parte del clero y de los fieles, ha esta nueva forma de organización democrática. Sin embargo, no tardará mucho en ver que aquellos Obispos y fieles que se opongan a tal revolución interior, pasarán a ser considerados refractarios y su condición de católicos será puesta en duda, cuando no negada enteramente.

Las ordenaciones Chinas.

El Gobierno chino comunista está aplicando, al pie de la letra, la fórmula de la Revolución Francesa a la que ellos llaman: “Iglesia Patriótica”.

De acuerdo a reciente artículo Allegra Mendelson, Corresponsal en Taiwán del dairio “Telegraph”, “Los cristianos están desapareciendo por adorar a un Dios distinto de Xi”. La corresponsal en Taiwan señala que, “la policía estatal ha arrestado a miles de personas en una campaña para desmantelar las iglesias clandestinas de China.” ([ii])

En el caso de la China comunista, la “democratización” de la Iglesia católica es sobrepuesta por otro concepto: la “sinolización” o la formación de una Iglesia de acuerdo a los cánones del Estado Comunista.

Del mismo modo que los revolucionarios franceses degollaron o traspasaron con bayonetas a los refractarios, los chinos de XI, llevan adelante una persecución que ha enviado a la cárcel a muchos de aquellos que no se pliegan a esta apostasía de la Fe católica.

Como se ve, los conceptos de “sinodalidad”, democracia participativa, etc., lejos de promover la concordia al interior de la Iglesia Católica, parecen estar preparando una nueva persecución a aquellos que quieran permanecer fieles a la auténtica Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

El tiempo dirá cuánto tardará en que estas amenazadoras nubes persecutorias se transformen en verdaderos instrumentos de martirio, moral o físico.


[i] PIO VI, BREVE CHARITAS QUAE DEL SOMMO PONTEFICE

[ii] https://www.telegraph.co.uk/world-news/2026/07/12/china-christians-xi-jinping-asia-churches-communist-party/

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