Corina Machado y la verdadera paz

El reciente otorgamiento del Premio Nobel de la Paz a la señora Corina Machado ha provocado un verdadero terremoto político en todo el mundo. La izquierda ha perdido la calma y el Partido Comunista la califica de una “injusticia”. Se preguntan qué tiene que ver una activista venezolana con la paz.

La respuesta es clara y antigua como la civilización cristiana. San Agustín, en el siglo IV, definió la paz con una fórmula que conserva toda su vigencia: “La paz es la tranquilidad en el orden.” No puede haber paz sin orden, y no puede haber orden sin respeto a las instituciones, a la familia, a los cuerpos intermedios, al principio de subsidiariedad y al derecho de propiedad. Todo aquello que el régimen chavista ha destruido sistemáticamente en Venezuela.

En ese contexto, la figura de Corina Machado se levanta como un signo de esperanza. Con una fortaleza que brota precisamente de su fragilidad, enfrenta con valentía al régimen de Nicolás Maduro —verdadero Goliat del siglo XXI— y pone en evidencia el carácter opresor y corrupto de un sistema que lleva décadas arruinando la vida de millones de venezolanos.

Su lucha no es por el poder, sino por el restablecimiento del orden, condición esencial para que vuelva la tranquilidad y, con ella, la paz. En eso radica la legitimidad de su premio: ha comenzado a sembrar en su patria las semillas de la verdadera paz, aquella que nace del respeto a la ley natural y a los derechos que Dios inscribe en el alma de cada hombre.

Corina Machado no es sólo un símbolo político: es el testimonio vivo de que la debilidad, cuando se apoya en la verdad, se convierte en fuerza.

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