En las últimas semanas, miles de chilenos nos hemos movilizado con un objetivo claro: impedir que se imponga en nuestra Patria una ley de muerte bajo el eufemismo de «muerte digna». La respuesta ciudadana ha sido rotunda, superando con creces la meta de las mil firmas de hombres y mujeres que exigen a los senadores coherencia con la dignidad humana.
Estos mil mensajes enviados directamente a los parlamentarios son un recordatorio de que el Estado no tiene autoridad para legislar contra el derecho fundamental a la vida. La aprobación de la eutanasia no es un acto de compasión, sino una claudicación moral que busca presentar el suicidio asistido como una solución al dolor, renunciando al deber irrenunciable de cuidar y acompañar a los más débiles.
Como recordamos en cada carta enviada a Valparaíso, el verdadero progreso de una sociedad se mide por su capacidad de ejercer la caridad a través de los cuidados paliativos y el fortalecimiento de los vínculos familiares, nunca por adelantar la muerte de sus ciudadanos.
La entrega de este apoyo masivo marca un hito en la discusión legislativa. Los senadores saben ahora que no cuentan con un cheque en blanco y que existe un pueblo alerta dispuesto a defender la vida desde su inicio hasta su fin natural.
Agradecemos profundamente a cada uno de los firmantes que, con su compromiso, han permitido que la voz de la sensatez y de la fe resuene en los pasillos del Congreso. La lucha por la defensa de la vida no termina aquí; seguiremos vigilantes para que Chile siga siendo una nación que cuida y que no abandona a sus enfermos.