Los santos inocentes, los de ayer y los de hoy

En los tiempos anteriores a de la llegada de Nuestro Señor gobernaba en Jerusalén el rey Herodes, mal llamado Herodes el grande. Este tiránico rey vivía constantemente al acecho, pues durante años había escuchado los rumores de la llegada de un Mesías, en la remota ciudad de Belén. Un nuevo rey que alcanzaría la mayor gloria para Israel. El déspota, que hasta había asesinado a varios de sus hijos por miedo a que estos pudiesen suponer una amenaza a su trono, estaba decidido a que nunca que estos fantasmas interrumpiesen su “glorioso” reinado.

Es por eso que, cuando tres extranjeros, tres reyes de oriente, tocaron las puertas de Jerusalén buscando audiencia con este Mesías, las sospechas del tirano se convirtieron en paranoia ¡Su rival ya había nacido! 

Pero el rey no se dejaría vencer tan fácilmente. Ordenó a aquellos tres reyes que habían ido a buscar al recién nacido en Belén que, si en efecto lo encontraban, se lo hicieran saber, para que él mismo —según decía cínicamente— fuese a adorarlo.

Pero cuando los meses pasaron y de aquellos extranjeros no llegó noticia alguna, la máscara cayó… y la paranoia del tirano se convirtió en sed de sangre.

Entonces el rey bramó a sus tropas:

“Id… y matad a todo menor de dos años en Belén y en las aldeas cercanas”.

Las cifras no son muy claras, pero tranquilamente se puede decir que el número de muertos bien puede llegar a los cientos.

 Los escritos cristianos siglos después narran así

“Los niños, sin saberlo, mueren por Cristo; Cristo ha hecho dignos testigos suyos a los que todavía no podían hablar. He aquí de qué manera reina el que ha venido para reinar. He aquí que el liberador concede la libertad, y el salvador la salvación. (…) ¡Oh gran don de la gracia! Todavía no hablan, y ya confiesan a Cristo. Todavía no pueden entablar batalla, y ya consiguen la palma de la victoria”

Herodes es el prototipo de todos los opresores que asesinan solo por miedo a perder un ápice de poder. En los inocentes de Belén vemos una realidad que siglo tras siglo, década tras década, empaña la historia de la Humanidad. La matanza de inocentes es una realidad que no podemos negar, de la misma forma que cada época ve surgir un nuevo faraón-Herodes

Pero ¿Habrá acaso Herodes en estas épocas? ¿Será posible que tanta barbarie aún subsista en esta tierra?

La verdad es que en nuestros días no existen ni uno ni diez ni cien, sino millares de Herodes, hombres y mujeres que desprecian al inocente que los ven no como la prolongación de su ser, sino como una amenaza a sus intereses individuales y mezquinos.

Tanto como Herodes, que mató por un supuesto miedo a perder su poder sobre los hombres, así también hoy se mata a millares de menores por miedo a perder su estilo de vida.

Bien podríamos decir que el miedo sigue siendo la emoción principal que lleva a tantos menores al holocausto; con la diferencia de que, en aquella época, la matanza de los inocentes jamás fue elevada al estatus de “derecho civil”.

Bien puedo afirmar también que los inocentes de hoy sufren más que los de Belén, porque sus verdugos no son, como en aquella época, hombres anónimos que solo obedecían órdenes, sino que es su propia madre o familia quienes claman por su muerte.

Bien puedo decir que si contamos el número de todos los santos inocentes modernos hasta el mismo sanguinario Herodes quedaría escandalizado por su enorme cantidad.

Y también puedo añadir que, ciertamente, dentro de dos mil años, las personas contemplarán con el mismo horror y desagrado la matanza en nombre de Herodes y la matanza en nombre del supuesto “derecho a decidir”.

Pidamos para estas Navidades venideras, haya cada vez menos santos inocentes y cada vez más santos que caminen junto a nosotros en esta tierra.

Muchas gracias y que Dios los bendiga.

Santiago Parra, Covadonga, Medellín

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