Quiero hacerle una pregunta y le pido que me responda con franqueza:
¿usted se acostumbró, en estos últimos cuatro años, a ver a un presidente de la República que permanentemente se presentaba sin corbata?
El tema vuelve a estar sobre la mesa: la corbata.
Y no es un detalle menor.
Por primera vez en la historia de Chile tuvimos un presidente que, por principio, jamás usó corbata. No fue una casualidad ni una excepción: fue una decisión deliberada, reiterada y simbólica.
Pocas personas saben que la corbata tiene una historia muy larga y, por cierto, no comienza en Chile. Su origen se remonta al siglo XVII, alrededor de 1670, cuando un regimiento croata combatía al servicio del rey de Francia, Luis XIV. Estos soldados usaban un paño de seda o de lino atado al cuello, cuyo color variaba según el regimiento. Ese distintivo llamó la atención de los franceses, quienes comenzaron a llamarlo cravat, deformación de la palabra croate. De ahí viene la cravate en francés y la corbata en castellano.
Desde entonces, la corbata fue adoptada por la nobleza francesa y luego por las élites europeas como signo de elegancia, de recato y de espíritu ceremonioso. No era una prenda cualquiera, sino un símbolo visible de respeto por la ocasión y por el cargo que se ejercía.
Por eso, históricamente, la corbata ha estado asociada a la distinción y al respeto institucional. No se trata de moda ni de gusto personal, sino de una forma exterior que expresa una actitud interior.
En lo personal, nunca me acostumbré —y espero que usted tampoco— a ver al Presidente de Chile permanentemente descorbatado y, muchas veces, presentado de manera vulgar. El cargo de Presidente de la República merece respeto. No es propiedad de quien lo ocupa, sino una magistratura que representa a la Nación entera.
Por eso esperamos que el próximo presidente vuelva a usar la corbata. No por nostalgia, sino por respeto. Respeto por el cargo, por la institución y por Chile.
Muchas gracias y hasta nuestro próximo comentario.