Por Juan Antonio Montes Varas
Este próximo 21 de mayo, los chilenos volveremos a conmemorar el heroico sacrificio del Capitán Arturo Prat Chacón en el Combate Naval de Iquique. Ante este aniversario, en un Chile hoy tan carente de referentes morales y tan golpeado por el relativismo, muchas personas se preguntan si esta magnífica gesta fue un destello de suerte, un hecho aislado, o el resultado inevitable de una trayectoria de vida. Para entender el salto al abordaje, es indispensable conocer quién fue Arturo Prat antes de aquel histórico mediodía en la rada de Iquique.
Existe un sabio principio de la filosofía clásica, respaldado tanto por la pedagogía de la Iglesia Católica como por el más elemental sentido común, que afirma: “Nemo summus fit repente” —nadie se hace grande de repente—. El heroísmo auténtico, aquel que constituye la verdadera piedra preciosa y el pilar de una sociedad sana, no se improvisa en el momento de la crisis. Es el fruto maduro y sazonado de cientos de renuncias previas, de pequeños actos de fidelidad a la patria en el anonimato y de la postergación constante de los intereses personales en favor del deber.
Ese, y no otro, fue el camino de Arturo Prat. Ingresó a la Escuela Naval a los tempranos diez años de edad, empujado por las severas dificultades económicas de su familia, asumiendo la disciplina y el rigor con una madurez ejemplar. Posteriormente, contrajo matrimonio con doña Carmela Carvajal, manteniéndose fiel a sus promesas conyugales hasta el último aliento, y se distinguió en la intimidad de su hogar como un padre de familia devoto y ejemplar. Estudió derecho por las noches, defendió a sus compañeros de armas con justicia y sirvió con celo en cada misión asignada.
Todos estos fueron actos de heroísmo cotidianos, silenciosos y ajenos al aplauso de las masas. Pero fueron precisamente esas pequeñas victorias diarias sobre el egoísmo las que templaron el alma de acero del hombre que, sin dudarlo, saltó al abordaje del Huáscar aquel 21 de mayo de 1879. La mayor lección que nos deja esta conmemoración es que la grandeza de una nación no surge de la nada, sino del cumplimiento del deber diario. Esa es la formación moral que hoy, con urgencia dramática, necesita nuestra juventud.