Cenizas, reconstrucción y reincidencia: El destino de la Iglesia de San Francisco de Borja y el alma de Chile

La Iglesia de San Francisco de Borja, aquel emblemático templo institucional que fue cobardemente profanado y destruido por la violencia desatada en octubre de 2019, acaba de ser cedida al Arzobispado de Santiago para iniciar su reconstrucción en el corto plazo. Ante esta noticia, que impacta directamente en el corazón de nuestra fe y de nuestra historia reciente, cabe hacerse una pregunta profunda: ¿Qué debemos pensar al respecto, tanto del templo que renace como de aquellos que lo redujeron a cenizas?

En primer lugar, la actitud de emprender la reconstrucción material del templo, encabezada por el arzobispo, el cardenal Fernando Chomalí, es una iniciativa verdaderamente encomiable. Esa iglesia quedó completamente devastada. En lo personal, me tocó visitarla al día siguiente de su destrucción y el panorama era sencillamente dantesco. Al caminar entre los escombros aún humeantes, uno podía constatar de forma nítida cómo la inspiración satánica de los autores de esa agresión había quedado impresa en lo poco que quedaba de las murallas. No fue un acto de protesta; fue un acto de odio teológico: la quema deliberada de todas las cosas sagradas, el desprecio absoluto por lo divino.

La primacía de la reconstrucción espiritual

Sin embargo, si bien es cierto que levantar nuevamente los muros de piedra es un acto magnífico, existe una tarea todavía más urgente e importante: la reconstrucción de las almas y de la integridad moral de los chilenos.

La piedra se moldea con cemento, pero las naciones se sostienen sobre principios. Y es ahí donde el panorama actual nos obliga a mantener la guardia alta. Este próximo lunes, los mismos sectores que promovieron, justificaron o ejecutaron la destrucción de esa y otras iglesias, están convocando a una nueva manifestación a escasos metros del templo sagrado, en la Plaza Baquedano —lugar que la obstinación revolucionaria insiste en llamar «plaza dignidad»—.

Al observar esta convocatoria, uno comprende con dolor que en la izquierda radical no existe el más mínimo propósito de enmienda, ni señales de conversión, ni arrepentimiento, ni el menor deseo de reparación por el daño causado a la fe y al patrimonio de la nación. Lo que vemos es, por el contrario, una descarada reincidencia en el mal.

Justicia y vigilancia frente al germen de la destrucción

Por esta razón, junto con celebrar con alegría que el templo vuelva a erguirse, debemos exigir que se cumplan dos condiciones fundamentales para el resguardo de la convivencia nacional:

En primer lugar, no podemos olvidar a los responsables de la barbarie. La reconstrucción no puede ser sinónimo de impunidad o borrón y cuenta nueva. Debe continuar una persecución judicial implacable que termine colocando tras las rejas a todos aquellos que fueron capaces de perpetrar semejante destrucción. Una sociedad que no castiga la profanación de sus templos está condenada a verlos arder de nuevo.

En segundo lugar, debemos abrir los ojos y advertir que esos gérmenes destructivos, que en el fondo tienen su raíz en el demonio por su intrínseca voluntad de caos y odio, lamentablemente todavía están muy presentes y activos en nuestro panorama político y social.

Al mismo tiempo que agradecemos a Dios y a las autoridades eclesiásticas por el inicio de las obras en San Francisco de Borja, elevemos una oración ferviente para que se reconstruya el alma de los chilenos, devolviendo a nuestra Patria el amor al orden, el respeto a lo sagrado y la fidelidad a sus raíces cristianas.

Muchas gracias y hasta nuestro próximo comentario en Chile en la Encrucijada.

Compartir