No hay duda alguna: el Estrecho de Magallanes pertenece en soberanía exclusiva a Chile. Así lo establecen acuerdos internacionales ratificados por Chile y por Argentina, y así lo confirma una presencia ininterrumpida del Estado chileno desde que se declaró esa soberanía. Sin embargo, algunos personeros argentinos han vuelto a ponerlo en tela de juicio.
Vale la pena preguntarse en qué se apoya la soberanía. Los tratados cuentan, la historia cuenta y el reconocimiento internacional también. Pero hay un elemento que se olvida con facilidad: la presencia permanente de un pueblo en su territorio.
Ahí está el problema. Con la globalización y los grandes movimientos migratorios, la idea misma de soberanía se está diluyendo. Y si los chilenos dejamos de ocupar nuestro propio territorio, se va formando un vacío. En geopolítica los vacíos no duran: otros pueblos terminan llenándolos y, aunque no declaren soberanía, la ejercen en la práctica.
Los extremos de Chile están muy despoblados. En el extremo sur viven alrededor de 166.000 personas; en el extremo norte, unas 234.000. Son cifras muy bajas para territorios tan extensos y tan estratégicos.
Dicho de otro modo: la soberanía se apoya en la población, y la población depende de que nazcan hijos. Es uno de los problemas más graves del país, y ni el Estado ni la sociedad lo están mirando de frente. Si no hay chilenos, no hay soberanía. Por eso la defensa del territorio empieza en un lugar que pocos asocian con la geopolítica: en la familia.
Foto: Marco Nürnberger, Wikimedia Commons, CC BY 2.0.